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9.10.06

Mi casa es donde estoy yo


Escribe Alejandro Dolina en Crónicas del Angel Gris:

Perdidos en Parque Chas es la crónica de una frustada noche de garufa.

Mandeb y sus amigos fueron invitados a un baile en la calle Bucarest.

Desdeñando las advertencias de los hombres sabios, se internaron en el barrio sin salida.

Y ya se sabe lo que ocurre en Parque Chas: uno se pierde irremediablemente.

Vale la Pena transcribir una líneas.

"A eso de las doce, llegamos a la misma cigarrería. Ya era la quinta vez.
Como en las otras ocasiones, interrogamos al viejo que atendía. Sus indicaciones fueron nuevamente distintas. Loco de furor, salté sobre el mostrador y comencé a estrangularlo.-Viejo mentiroso... ¿cuál es la calle Bucarest?¿Cómo se sale de este infierno?

El anciano acabó por confesar que no lo sabía. Muy compungido, admitió que él mismo había desembocado en Parque Chas en 1939. No habiendo podido salir de allí, se resignó a instalar un quiosco, gracias al cual sobrevivía, aunque abrigaba el secreto anhelo de volver a Villa Crespo, barrio del que nunca debió salir."

Este capítulo finaliza con la providencial intervención de un taximetrero, quien si bien no acertó a llevarlos a la calle Bucarest, por lo menos los sacó -después de varias horas- a la Avenida de los Incas.


El gordo y la flaca están por mudarse a la calle Bucarest... si es que la encuentran.

2.10.06

Otro cuento de mi hermano el Tucu, publicado originalmente en la revista "Sonríe, mañana será peor".

Es el dia de hoy, en una triste y nostalgica noche, que me dispongo a contar los hechos que mi mente se niega a olvidar.

Morireis como imbéciles

Esa tarde estabamos reunidos en la irregular pileta del parque Rivadavia, desde hacia varios años solo habitada, en vez de por peces, por niños corriendo detras de una pelota, lo que causa casi el mismo efecto a la vista. Chicos, murio Paco -dijo Luis, sin demasiado preambulo y se echo a llorar. Por un minuto ninguno reacciono, permanecimos quietos como gato acechante, hasta que las malditas lagrimas acudieron a nuestras caras. Paco tenia 19 años, era hijo único de dos pobres tipos para los que era todo, hasta que un chofer del 111 se creyo en posesion de su vida y lo mando con los gusanos: bajo tierra. A la noche, en el entierro, nadie quiso evitar el vómito al ver la cara del Paco, ni la habil maquilladora pudo disimular el freno, increiblemente, marcado indeleble, sobre el párpado blanco y frio.

Empezamos por el 111, pero éste no pudo calmar nuestra sed y nos vimos obligados a quemar por lo menos 10 autos, esto no nos alcanzo, pero era suficiente por un día. -Guido, para vos -dijo mi vieja- es Martín. -Hola, Martín, ¿viste el noticiero? -balbuceó éste- estos hijos de puta se alertan porque quemamos 10 autos y del pobre Paco que era de carne y hueso no hablan. -Che, tengo miedo, yo se que tenemos razon, pero la carcel no me gusta nada. -Pero no seas cagón- le grite de mal modo, no podes dejar que maten gente porque si, no ves que sos un pelotudo- no contestó, cortó directamente.

Nuestro ánimo piromaníaco se fue acrecentado; el fuego nos introducía en su sagrado secreto que algunos creen explicar con la pavada de la combustión; nuestro metodo era rapido y eficiente, un generoso chorro de nafta y un fósforo, luego hacer como que apagábamos. Dedicábamos cada quematina "este es por el hijo de puta que me encerro, y ardía un Falcon, "este por el que me toco bocina" y un Sierra se transformaba en energia lumínica, que lo parió, que lo disfrutabamos. La policía, siguiendo consejos de las aseguradoras, no nos molestaba, pues 10 autos que se queman, no quita a miles de conductores sacando seguros. Seguían ardiendo autos por la capital, no solo eramos nosotros los incendiarios, nos enteramos de decenas de casos de ciclistas resentidos.

El asunto me tenia absorvido, hasta me habia olvidado de Luisa, esa gentil dama, que sin yo pedirlo, me habia guiado por el paseo del amor; ella iba a mi casa y yo no la veía, solo le hablaba del triunfo de los sufridos ante los comodos, de que habia estallado nuestra pequeña venganza, y ella, con su pollerita a cuadros: lloraba.

Nos encontramos en el puesto de Pepe 0,30, Luis, Monje, Marcote y yo, toda la ciudad hablaba de lo que nosotros habíamos empezado.

Muchachos -dijo Luis, con un escudito de Mercedes Benz colgado del cuello- sigamos quemando. -Más bien que se lo merecen, ademas ellos lo mataron -Gritó exaltado Marcote. Monje, haciendo alusión a su apodo, se mantenía pensativo. Incendiamos un Renault Fuego (je) y nos fuimos a lo de Martin, que, pese a los gritos, no nos abrió. La cosa se estaba poniendo dura; ante la pasividad policial, los dueños de autos estaban haciendo justicia por mano propia, habían agarrado e incendiado a dos pibes en Moreno, y un par más en flores, pero nosotros, debíamos luchar y lo hicimos. Yo incendié el auto de mi viejo, y lo mismo hicieron los demas, lo veíamos al Paco, en el cielo, sonriendo alado en su bici.

Hacía falta una tragedia para despertarnos, y sucedió, Marcote incendió un Chevi con un viejo adentro, que resultó ser mi abuelo, recién ahí nos dimos cuenta que habiamos ido demasiado lejos, que esa guerra ya no era nuestra, que no podíamos revivir a Paco, ni a mi abuelo, en fin, que era una guerra inútil, como todas.

Suspendimos nuestras acciones, regresamos a la vida normal, a los fulbitos en la plaza, a las charlas intranscendentes, a reirnos de nada y con Luisa, seguimos paseando.

3.9.06

Tutti Frutti

Cuento escrito por mi adorado hermano Diego, alias "el Tucu", y publicado originalmente en la revista "Sonríe, mañana será peor".

-Yo le pedí el helado de vainilla y frutilla, no de pistacho y limón, cámbiemelo.
-Pero a usted le gustan más los gustos que yo le de, que vainilla y frutilla.
-Nunca me gustó el pistacho y el limón me cae mal.
Heladería porteña, 20hs, el hombre de traje y el de delantal discuten de tono no muy cordial.
-Así que nunca le gusto el pistacho, usted es un hipócrita, hace todo por favoritismo desde chiquito.
-Usted no es nadie para decirme qué mierda tengo que comer.
-¿Usted es Pascual Hanmas? -pregunta el heladero.
-Si soy yo.
-Yo soy Diego Roselvet, fui compañero suyo de jardin, ¿se acuerda?
-Sí, me acuerdo, ¿y eso qué tiene que ver con mi helado?
-Se acuerda del Martín Pescador.
-Si, pero cámbieme el helado por favor.
-No, no se lo cambio nada. Usted el último día de preescolar fue último vagón, y tenia que elegir entre vainilla y frutilla, o pistacho y limón. Y usted eligió pistacho.
-Hombre, déjese de joder, devuélvame la guita.
-Usted eligió pistacho porque estaba Rodrigo que le convidaba palitos de la selva, y como yo que era frutilla nunca le di nada me hizo perder. Si eligió pistacho es porque le gusta más, cómaselo.
Calle porteña 20:30hs, un político de traje gris comiendo helado de pistacho maldice a la gente de buena memoria. Un hombre de guardapolvo blanco, saborea un helado de frutilla y vainilla, mientras ríe.