
En Guanajuato, ciudad mexicana construida en la ladera de una montaña donde anualmente se celebra el Festival Cervantino, existen una serie de “calles subterráneas”, bastante prácticas para los habitantes y bastante desconcertantes para los turistas que andan en auto, ya que una vez adentro no hay forma de salir si no es para adelante y puede ser en cualquier punto de la ciudad.
El día que llegamos, mientras la flaca averiguaba por una camita en un hotel del centro, un policía se acercó y me indicó que el auto estaba mal estacionado. Arranqué y emprendí la tarea de dar “una vuelta a la manzana”, con la esperanza de encontrar otro lugar o por lo menos hacer tiempo hasta que saliera la flaca, con tanta mala suerte que a la vuelta de la esquina me metí en una calle subterránea, y aparecí, minutos después, en la entrada de la ciudad. Tuve que recurrir a la ayuda de mi memoria visual (y los carteles que decían “al centro”), para volver a buscar a mi flamante esposa, que me esperaba tranquila, habiéndose barruntado el incidente.